Los cañones de Salina Cruz

Estados Unidos consideraba vital para su desarrollo nacional la construcción de un canal interoceánico que conectara los puertos de sus dos costas.
Estaban dispuestos a todo para conseguirlo, como lo demostraría la historia cuando destruyeron la integridad territorial de Colombia y crearon una colonia norteamericana llamada Panamá.
Sin embargo, Panamá no era el lugar ideal. La zona de Tehuantepec-Coatzacoalcos resultaba mucho mejor: más plana, más cercana, requería menos trabajo y permitiría a los buques una singladura mucho más corta. Los norteamericanos intentaron por todos los medios hacerse de la zona.
Durante el gobierno de Porfirio Díaz comenzaron las negociaciones. Primero, ofrecieron la compra de los estados de Oaxaca, Veracruz y Tabasco, propuesta que Díaz rechazó. Después de todo, don Porfirio había peleado en todas las guerras de México contra los extranjeros y conocía bien sus intenciones.
Al no lograrlo por medios diplomáticos, recurrieron a otras estrategias. Ciudadanos norteamericanos empezaron a comprar tierras en la costa del Pacífico, actuando como prestanombres del filibustero William Walker, quien organizaba un grupo armado para declarar la “independencia” de esos territorios y luego venderlos a su gobierno por un precio mayor. Pero el gobierno mexicano ya tenía experiencia con estas maniobras —así se había perdido Texas—, por lo que promulgó una ley que prohibía a extranjeros comprar tierras en zonas estratégicas.
Cuando todas las triquiñuelas fallaron, intentaron la última: una ocupación militar de Salina Cruz. Para ello enviaron el Escuadrón del Pacífico, compuesto por un acorazado, varios cruceros, destructores y transportes de tropas.
El gobierno mexicano no se quedó cruzado de brazos. Reforzó la defensa de Salina Cruz, envió tropas del moderno Ejército Federal, con oficiales experimentados en la Guerra contra los franceses, y lo más importante: creó una eficiente defensa costera. El gran ingeniero Manuel Mondragón, quizá el más destacado armero en la historia de México, fue comisionado para diseñar las piezas de artillería más grandes jamás construidas en el país.
Aquí comienza la parte misteriosa y no escrita. Los cañones fueron fabricados —no se sabe si en México o si solo se diseñaron aquí y se encargaron en el extranjero, como los posteriores Saint-Chamond-Mondragón—. No hay información precisa sobre su calibre, peso, ubicación ni destino.
Existe una narración oral del combate: los norteamericanos, confiados en la falta de defensa, pusieron proa al puerto. El acorazado entró en el rango de la artillería mexicana, que hizo un primer disparo de advertencia. El proyectil cayó justo frente al buque líder. Creyeron que era suerte y siguieron avanzando. El segundo disparo voló parte de la superestructura. Entonces comprendieron que la flota no duraría ni quince minutos si seguían adelante, así que dieron vuelta y se retiraron a toda máquina.
Del relato se infiere que la artillería mexicana era de mucho mayor calibre que la norteamericana, posiblemente de 12 pulgadas o más, emplazada en una base sólida y con cálculos matemáticos precisos para controlar la zona marítima. La experiencia fue tan traumática que los estadounidenses exigieron la retirada de los cañones en cada negociación posterior. Al parecer, Francisco I. Madero o Venustiano Carranza aceptaron desmontarlos a cambio del reconocimiento oficial norteamericano y provisión de armamento. Según algunos, los cañones fueron vendidos a Turquía y usados en la defensa de los Dardanelos.
La verdad no se sabrá hasta que aparezcan más fotos, documentos oficiales (al parecer perdidos en la Revolución) o un cañón con el escudo mexicano en algún lugar del mundo. Como colofón, los norteamericanos desistieron y optaron por construir el Canal de Panamá.
Nota histórica:
Los cañones eran de construcción alemana, de la casa Krupp. México compró la patente y realizó modificaciones.
Se adquirieron dos cañones con alcance de 15 km, operados por 11 artilleros expertos (“apaches”).
La flota estadounidense (7ª del Pacífico) intentó tomar Salina Cruz. El cañonero más poderoso tenía alcance de 10 km, por lo que sería pulverizado al acercarse.
Permanecieron tres meses frente al puerto, a 11 millas náuticas, hasta que por orden de William Taft se retiraron. Los cañones fueron desmontados por orden de Madero y vendidos a Turquía.